En aquella casa nunca había habido un silencio y una pena tan grande como la que había en ese minuto.
En un rincón de la helada y húmeda pieza, tendida y envuelta en pánico, la joven, que en algún minuto sonrió, una joven llamada Minerva que respiraba un último aliento, antes de reiniciar su búsqueda por lo que en una época le dio felicidad.
Ella sólo se componía al recordar lo que alguna vez tuvo; una familia, amigos, hermana…su hermana, tía y gente que era capaz de dar su vida por la della, esas personas que quiso tanto y que desaparecieron. Lo único que podía devolverle la felicidad era el medallón que escondido en esa casa, aún estaba.
Apenas tenía ocho años cuando se le fue arrebatada su madre, fue en una noche oscura que difícilmente podía recordar o simplemente no quería. Lo que sí recordaba era que su madre tenía una tez blanca, no pálida, pero casi fúnebre, gozaba de gran belleza y vida. El hombre que hace mucho tiempo atrás llamó padre ––y que casi no nombraba – era alto, su rostro sólo demostraba frialdad y dureza, como sí nunca hubiera sentido nada por nadie, ni por su propia esposa. Eso quedaría confirmado el día en que murió Makin.
Minerva era una niña inquieta, alegre. Su rostro de tez blanca era igual al de su madre, gozaba de mejillas rojizas, ojos negros y cabello pelirrojo. Esta era una combinación extraña, pero que demostraba toda la esencia caprichosa de la naturaleza. Su mirar podía demostrar más que mil palabras, pero toda aquella alegría que demostraba con sólo una mirada cambiaría al pasar el tiempo.
Aquel día se levantó muy temprano, se vistió, lavó el rostro, se peinó y preparó su desayuno esperando que su madre se sentara y tomaran el desayuno juntas, pero su madre se demoró más de lo normal y no pudo seguir esperándola.
Preparó su mochila, abrió la puerta y se marchó. Siguió caminando sin mirar atrás, sólo acompañada por la tenue luz del sol y el constante pensamiento del lugar a donde se dirigía cada día de forma muy rutinaria. El tan solo recordar las modestas y pequeñas salas, donde se había encontrado durante casi tres años, le daba un sentir pesado y sofocante, que se mezclaba con las ansias de poder recorrer libremente los grandes jardines del alrededor de la escuela.
Al llegar se sentó en su pupitre y esperó tranquilamente la llegada de la profesora.
Con la llegada de la maestra a la sala Minerva se puso de pie, saludó y rápidamente se volvió a sentar. Así transcurrieron las horas hasta el término de las clases y el regreso a casa era algo reconfortante.
Ya en su casa dejó sus cosas desparramadas y se sentó en el sofá, tomando un respiro para volver a levantarse e ir a ver sí su mamá ya había llegado del trabajo, pero no había llegado aún. Decidió, entonces, cambiarse de ropa y sentarse a ver televisión un momento.
Su padre llegó un rato después. Tenía aquella mirada helada de siempre, que carecía de una expresión de cariño hacia su hija. Sólo demostró su llegada por un “Buenos días” con un tono frío y ronco. Minerva volteó la cabeza y rápidamente saludó a su padre con un “hola” entre risitas.
La tarde fue normal. Como a las cuatro tomó un té con galletas, luego hizo sus tareas.
A las seis llegó su mamá. Minerva la quedó mirando largo rato, quizás como un sentido de despedida inconsciente hacia ella.
– ¿Por qué me estás mirando así? – Le preguntó – ¿Es que acaso tengo algo? Mejor dame un abrazo y deja de mirarme.
Minerva corrió hacia su madre y la abrazó como sí no la hubiera visto durante años.
– No creí que llegarías tan temprano.
Makin la observó y le expresó con voz de madre responsable:
– ¿Te bañaste?, ¿comiste?, ¿hiciste tus tareas?, ¿ordenaste tu pieza?, ¿cómo te fue en la escuela? – Tomó un leve respiro después de haberle enumerado la larga lista de todo lo que debió hacer.
Minerva titubeó un poco y le respondió a su madre:
– Mmm…este…hice sólo algunas cosas. No creí que llegarías tan temprano, así que sólo hice mis tareas. Además se me pasó la hora con todo esto del 5x5 y el 3 dividido 4 y todas esas cosas tan, pero tan, difíciles, ¿no? – Se encogió de hombros. – tú sabes.
Su madre, mientras caminaba observando la casa con despreocupación, preguntó de improviso:
– Al final, ¿quién era el culpable de la miniserie?
Minerva respondió con rapidez:
– Fácil pues; era la empleada. ¿No ves que tenía un romance encubierto con su jefe? Yo desde el principio lo sospechaba, los demás eran muy obvios
– Con que la tarea estaba difícil ¿no? Mira, sólo te pido que te bañes, hagas tus tareas, ordenes tu pieza y sí quieres tomamos la once cuando yo llegue. Eso sí, tu sabes que del trabajo yo no vengo muy temprano, a veces salgo muy tarde. O bien esperas a tu papá y toman té juntos. Y a todo esto ¿dónde está tu papá?
– Creo que está en la biblioteca.
Minerva salió de la habitación, como intentando escapar de otro largo discurso sobre responsabilidad por parte de su madre.
Makin la quedó mirando.
– Minerva no te escapes, aunque no quieras tienes que hacer tu pieza, ¿entendido?
– ¿Pensaste que me estaba escapando? No, yo iba hacia la ducha. Me voy a bañar y luego a ordenar mí cuarto.
Su madre algo sorprendida y con una sonrisa de satisfacción en el rostro puso a hervir el agua, mientras Minerva salía de la habitación.
Esa noche Minerva se fue a acostar más temprano.
El cielo estaba estrellado, todo parecía como un sueño interminable.
Esa noche cambiaría todo lo que hasta el momento conocía. A la mañana siguiente, Minerva, empezaría a ser sometida a la prueba más grande de su vida.
Aproximadamente a la media noche en la habitación de sus padres se daba una discusión.
Su padre decía:
– No puedo creer que aún uses eso.
– Ellos morirían si no lo uso. Además, dijiste que lo aceptabas.
– Si, pero yo te vi y sé que es peligroso. Te matará a ti y contigo a todos. Espero que te des cuenta que con esto pones en riesgo a todos, incluso a tu hija.
– ¡Mentira! Nunca le haría daño a nadie, bien sabes que todas las mujeres primogénitas de mi familia lo han usado y nunca ha pasado nada.
– Sácate eso, por favor. – Rogó su padre cansado.
– No, jamás lo haré y sí esperas que haga tal cosa, realmente no me conoces.
– Supongamos que no fueses tú. Entonces sería nuestra hija ¿verdad? – Dijo este en un murmullo.
– ¿Cómo puedes pensar tal cosa? Ella nunca haría algo así.
– Entonces, ¿quién? Es lo único que puedo pensar. Yo sé lo que vi. Escúchame sólo un segundo y sácate eso, por favor.
Se acercó. Makin se apartó y gritó:
– ¡Ya basta! Deja de decir tonterías, si no puedes aceptar la realidad me largo. Ya no soporto tener estas discusiones cada noche ¡Iré a buscar a Minerva y nos iremos!
Su madre comenzó a caminar frenéticamente por la casa buscando sus cosas.
– ¡Por favor, no te vayas, te necesito! Igual como tú me necesitas.
Makin buscó sus cosas, se iría de aquel lugar.
– ¡No! ya es demasiado tarde para dar disculpas, me voy y nada cambiará eso.
– Por favor, no lo hagas. No me quites a Minerva. Aún es pequeña, ella no tiene la culpa de todo esto.
Aunque el padre de Minerva rogara y suplicara era muy tarde, Makin ya subía las escaleras en busca de su hija.
En la habitación Minerva dormía plácidamente, se sentó a su lado y la sacudió suavemente.
– Minerva, despierta querida. Levántate. Nos vamos. – Susurró.
– No, mami, no quiero. Es muy tarde, mejor mañana.
La niña se volvió a tapar.
– Bien, pero guarda esto ¿sí? – Minerva lo sostuvo y rápidamente lo guardó bajo el colchón.
– Hija, voy abajo ¿entendido? Te amo.
Le dio un beso en la frente a la pequeña y bajó las escaleras.
En la entrada estaba su padre, que terminando con el incómodo silencio dijo:
– Por favor, te pido, no, te ruego que lo consideres.
Makin lo observó y sonrió desde arriba de las escaleras.
– Bien, creo que está decidido. – Dijo.
En la habitación a Minerva le dio una sed sofocante, aunque tenía sueño y era de madrugada decidió levantarse a tomar agua. Bajó las escaleras, que rechinaban con cada uno de sus pasos.
Cuando llegó al primer piso vio, quizás, la escena más dolorosa de toda su vida, la imagen que la perseguiría hasta su muerte, lo único que pudo decir en ese minuto fue:
– Papá ¿qué le pasa a la mamá? ¿Por qué está tirada en el suelo?
Su padre respondió:
– No lo sé, no sé nada. – Respondió este con un rostro asustado, un rostro que la perseguiría siempre, la de un asesino. – No sé qué pasa. Necesito que te quedes aquí. – La acomodó en un sillón. – Por favor, cuídala iré a buscar una ambulancia. ¿Entendido, Minerva?
Entre sollozos y lágrimas, Minerva gritó asustada:
– A mamá ¿qué le paso? ¡Dime!
– Sólo cuídala, por favor, cuídala.
– Si, papá. – Dijo la niña secándose las lágrimas.
– Te quiero, hija.
Estas fueron las últimas palabras que dijo, antes de salir muy apresurado por la puerta.
...
“¿Querida estás bien?” Esta había sido la frase de todo el día. Apenas eran las siete de la mañana y al menos seis o siete personas le habían hecho la misma pregunta.
De pronto sintió un fuerte abrazo, lamentablemente este abrazo no era de la persona que más deseaba en ese minuto.
Minerva escuchó un leve susurro que le decía:
– No te preocupes, todo pasará. Ya verás.
– ¿Dónde está mi papá? – Preguntó entre sollozos.
– No te asustes, ya va a aparecer.
– ¿Él ya no me quiere?
– No. Sólo está asustado, al igual que tú. Él te quiere mucho. Ya va a venir. Por mientras yo te voy a cuidar, ¿entendido?
– ¿Quién eres? – Preguntó la niña.
– Lo siento, no me presenté. Soy tu tía. – Dijo esta con una sonrisa agradable y tranquilizadora. – Me llamo Carol. Y como tu padre no ha llegado te voy a cuidar por mientras.
Minerva la miró y calmándose un poco aclaró:
– Bien, pero sólo hasta que llegue mi papi.
Carol afirmó con la cabeza y abrazó nuevamente a Minerva.
Pasaron los días y aunque Minerva esperaba y esperaba durante horas, frente a la ventana, él jamás llegaba. Aunque las cosas ya se habían normalizado, Minerva todavía, seguía esperando la llegada de su padre.
Cuando miraba la ventana entró Carol.
– ¿En que estás, Mine? – Preguntó.
– Estoy viendo la ventana.
– ¿Por qué?
– Estoy esperando a mi papi.
– ¡Ah! Con que eso haces todas las tardes.
– Si. – Respondió con un aire de no querer seguir hablando del tema.
– ¿Estás bien?
– ¡No!, yo no quería mudarme aquí ¿Y si papá me fue a buscar a la casa y yo no estoy ahí? – Cuestionó Minerva con congoja.
– No te preocupes, él va encontrarte.
– ¡No va a venir a buscarme! ¡Ya no me quiere! – Gritó la niña rompiendo nuevamente en llanto.
Con rapidez, Carol, abrazó a Minerva y le dijo:
– Bien, te lo has ganado, mañana no vas a ir la escuela y vamos a ir a comprar pasteles para tomar la once.
– ¡No, no es eso! – Protestó Minerva, mientras se secaba las lágrimas.
– Lo sé, pero no soy buena madre, ni siquiera sé sí puedo ser una buena tía. Necesito que me tengas paciencia, porque al igual que para ti, para mi esto es algo nuevo y francamente no entiendo por qué tu mamá me dejó como tu tutora, sabiendo que no sé ni lo mas mínimo de niños. No te pido que me comprendas, sólo que tengas un poco de paciencia, igual como yo la tendré contigo.
Minerva la miró y se puso a llorar.
– ¡Lo siento!
Abrazándola más fuerte, volvió a repetir.
– ¡Lo siento! No quería gritarte.
– No te preocupes, todos nos enojamos de vez en cuando. Levántate iremos a comprar cosas para tomar once. Dime lo que quieres.
La niña sonrió y sus ojos brillaron con una cierta actitud que demostraba que había esperanzas de que volviera a los juegos de antaño.
– Mmm… no lo sé, me gustaría un pedazo de torta. – Dijo Minerva mientras intentaba dejar de suspirar.
– Bien, vamos a comprar torta.
– ¿Sabes?, también me gustaría comer pan con queso.
– Pan con queso será, entonces, compraremos dos pedazos de torta, pan, queso, jamón condimentado y bebida.
– ¿Te puedo preguntar algo, tía?
– Si, claro.
– Lo de no ir a clases mañana ¿era cierto?
– ¿Cuando dije eso?
– Hace rato.
– Sólo mañana ¿si? Después a clases.
– Bien, sólo mañana, tía.
Salieron y cerraron la puerta, sin saber todas las cosas que les depararía el destino, con el pasar del tiempo.