La cálida brisa, que había en aquel lugar, lo marcaba y destrozaba. El vacío de aquel lúgubre territorio sólo era roto por un joven, un joven adolorido que aún no sabía cómo sanar.
Recordaba aquel joven, con tristeza y algo de desolación, cómo eran las cosas antes. E intentaba no demostrar el dolor, que se afirmaba por la muerte de aquella que en aquel cementerio enterraron.
Aquel joven se llamaba Aquila Paún y pensaba por un segundo o dos –no más, pues no se permitía tal debilidad– en las aventuras pasadas y ya terminadas. Aquellos días que repasaba meticulosamente, en busca del error, del día en que perdió la niñez y el mundo dejó de girar en torno a los juegos…y lo encontró. Siempre era el mismo.
Era una noche de paseo. Como casi todas las noches en que su padre descansaba de aquel horrible trabajo que, según su madre, lo obligaba a dejarlos durante días.
Caminó algo asustado, pues todo en aquel lugar era escalofriante; la oscuridad, el sonido de la ambulancia y aquel persistente llanto de una niña de su edad, todo le aterraba y en aquel entonces lo admitía.
Con firmeza intentó sujetarse de la mano de su padre.
Aquila Paún no tenía más de nueve años y tenía el aspecto de un niño débil y temeroso, muy distinto al aspecto que ganaría con los años; el de un joven carismático y excesivamente confiado de sí mismo, muchas veces incluso considerado un ganador, dentro del mundo que le rodeaba.
Su padre le miró, un segundo, con una sonrisa amable, intentando lograr en él la reacción opuesta a la que ambos sentían.
Aquila aún recordaba, con temor, el haber visto pasar una camilla, con una bolsa negra, hacia la ambulancia.
– Quédate aquí, Aquila, voy y vuelvo.
Aquila miró los ojos, algo llorosos, de su padre. Muy pocas veces los había visto así por alguien.
No comprendía mayormente, en aquel entonces, pero con el tiempo esa escena lo marcaría para siempre.
Su padre era un hombre de aspecto agradable pero, que él consideraba, algo irresponsable, pues solía olvidarle. Y a pesar de que, como niño, no expresaba queja alguna, muchas veces sintió su falta.
Aquila se sujetó de su padre.
– Por favor, papá, no me dejes.
Su padre sonrió.
– Sólo será un momento, Aquila, después iremos a pasear. – Su padre tomó un respiro mirando el lugar. – Y volveremos a casa.
Lo soltó nuevamente, dejándolo desprotegido.
Aquila Paún nunca olvidó ese día, pero ni siquiera imaginó, que ese día, había visto por primera vez a la culpable de su dolor actual.
Entonces, entre miedo e intriga, decidió recorrer el lugar y evitar, así, que alguien extraño lo viera.
Miró el suelo y notó un pequeño brazalete, que por su brillo y belleza le pareció interesante, jugó con él un rato, haciéndolo brillar con la luz de la luna. No sabía de quién era y constantemente se lo cuestionaba.
Tras un rato, su padre tomó nuevamente su mano
– Debemos irnos, Aquila, o si no tu madre se enfadará. – Dijo con un alivio insano.
Aquila respondió a esto y caminó a su casa.
Tras ese incidente su padre nunca volvió a ser el mismo.
Con el tiempo Aquila comenzó a sumar aquella extraña actitud, con otras cosas.
Sus padres se separaron en forma completa luego de algún tiempo de fingir.
Aún recordaba las conversaciones que su hermano, Eneas, un niño de aspecto alegre y deportivo, nunca había escuchado.
Aquila solía escucharlas cada noche, para saber qué atormentaba tanto a su padre, que ahora lucía enfermo y deprimido.
– Kondáse – Amelia, su madre suspiraba cansada caminando por la sala – podrías aprender, al menos, a fingir. Aquila lo notó y no quiero que se preocupe por cosas que no le corresponden.
Kondáse se encontraba sentado en el sillón sin decir mayor palabra. Se levantó y sirviéndose una taza de café murmuró cansado:
– Quizás si no armaras tanto problema, Amelia.
Amelia frunció el ceño y mirándolo seriamente dijo:
– Tú eres quién arma problemas. Aquila estuvo de cumpleaños y ni siquiera estuviste presente. Él lo nota, tiene nueve años, Kondáse, realmente lo nota, incluso más que Eneas. Al menos... – Se sentó en el marco de la ventana y se cruzó de brazos –…al menos podrías fingir frente a nosotros que no te apena tanto la muerte desa mujer.
Su padre no lo consideraba mayormente, quizás por toda la confusión causada dentro de su mente.
– Exageras, Amelia, además…– Negó con la cabeza –… sólo lo hago por ustedes.
Su madre liberó una sonrisa sarcástica.
– Si, claro. Aún así me enviaste a su hermana para que la ayude.
– Era lo que debía hacer, tan solo tiene diecinueve años y tiene que cuidar de una niña que no es suya.
Amelia le miró con un leve rencor.
– Pudiste pedirle a otra persona, ellos tienen dinero.
Su padre tomó su taza de café y musitó:
– Exacto, pero no significa que no debamos ayudarlos.
– Ellos no nos ayudan, Kondáse.
– Al menos deberías conocerla. – Le aconsejó su padre a la par que tomaba un sorbo de café.
Amelia puso su mano en la cintura y negando con la cabeza respondió:
– No es que no crea que es una buena persona, simplemente te digo que estás demasiado involucrado con esa gente.
– Ya te lo expliqué, Amelia, es por dinero, necesitamos ese dinero.
Amelia le dirigió una mirada desafiante.
– Quizás ya no necesitemos dese dinero, Kondáse, quizás tu lo necesitas más que nosotros.
– ¿A qué te refieres?
– A que quizás deberías irte un tiempo. No quiero nada con esa gente y sí la otra es, tan solo, algo parecida a su hermana, tú tendrás que solucionar los problemas. La recibiré, pero será mi último favor…a ti. – Recalcó.
La vaga y cansada voz de Kondáse se escuchó.
– Entonces, aquí termina.
Su madre miró a su padre con algo de tristeza.
– Depende de ti y sí olvidas a esa mujer. Yo no pienso engañarme toda la vida, sé que tuviste algo con ella y no pienso martirizarme más, imaginando.
– ¿Desconfías de mi?
– Si, fíjate. Desconfío de ti y sí en una relación entra la desconfianza, quizás…quizás no debamos estar juntos.
Luego desto, Aquila sólo escuchó la puerta. Se había ido.
“Será por los niños” – solían decir. Tanta hipocresía lo enfermaba. Durante más de dos años su padre y su madre se habían mantenido juntos, no comprendía la razón y aborrecía a su padre por lo que había hecho. A pesar de tener, tan sólo, once años, Aquila también sentía que su madre era muy crédula como para soportar a su padre tanto tiempo. En resumen no sentía nada por ninguno.
Su hermano, en cambio, parecía no notar aquellos incidentes y muchas veces parecía completamente ignorante sobre el tema.
– ¿Cómo puedes ser tan tonto? – Solía decirle.
Eneas le miró con gesto confundido.
– No soy tonto, Aquila, tu eres el tonto. – Refutó éste.
Aquila caminó en silencio largo rato. No quería arruinar a su hermano, pero aún así prosiguió.
– Siempre actúas, como si todo estuviera bien. – Miró a los ojos a su hermano. – Y no es así.
Eneas le sonrió y se alejó.
– Exageras, Aquila. – Le dijo.
Aquila le dirigió una mirada llena de resentimiento. Era un tonto.
Comenzó a caminar a casa solo. Su padre nuevamente los había olvidado y su madre no diría nada…otra vez.
Era ya casi de noche y Eneas se había ido.
Los pasos de alguien más se escucharon cercanos.
– Niño.
Aquila giró asustado.
Era un adolescente de unos quince años o quizás más.
Siguió caminando haciéndose el desentendido.
– Niño, ¿te da miedo? – Insistió aquel joven.
No diría nada. No por el momento.
– Eres de un colegio caro, ¿cuánto dinero traes?
Aquila tomó un respiro y comenzó a correr. No sabía dónde estaba Eneas. Debía encontrarlo. Corrió con todas sus fuerzas, pero le dieron alcance. Estaba solo.
Las luces de los faroles ya se habían encendido.
Buscó un lugar donde esconderse, pero no había nadie más en aquel lugar.
El joven se acercaba con rostro atemorizante.
– ¡Aquila!
Aquila sonrió aliviado. Un niño se acercaba hacía él. El joven había desaparecido.
Intentó reconocer de quién era la voz. Era un compañero nuevo. Nunca había hablado con él, ya que era repitente y cualquier relación con éste parecía imposible.
El niño se le acercó con seguridad.
– ¿Puedo irme contigo? – Preguntó – Digo, estás solo.
Aquila sonrió y asintió con la cabeza.
– Claro.
Ambos guardaron silencio largo rato.
– Estuviste cerca – Le comentó su acompañante – debiste tener cuidado, aquí roban todo el tiempo. – Extendió la mano. – Mi nombre es Blut Calena, ¿y tu apellido es?
Aquila estrechó su mano y respondió:
– Aquila Paún. – Y agregó con autosuiciencia. – Sé que por aquí roban, simplemente no estaba acompañado.
Blut sonrió en forma reservada.
– Aún así, deberías tener cuidado. Yo aprendí a manejarme con ellos, es muy fácil. Me debes una.
Aquila siguió caminando con el orgullo herido. Le molestaba que aquel chico lo tratara así.
– Podía manejarme solo.
– No lo creo. – Agregó Blut con seguridad irrefutable.
Aquila comenzó a avanzar más rápido.
– ¿Y qué te hace tan hábil, “Blut”? – Preguntó escéptico y sin ocultar su molestia.
– Que yo sé, porque mi padre siempre trata con gente así.
– ¿Qué es tu padre?
– Es un abogado bastante famoso – Se vanaglorió. – ¿Qué es el tuyo?
– Arqueólogo, pero no me interesa.
– ¿Arqueólogo? ¿Y en qué trabajan esos?
Aquila sonrió al notar la ignorancia de su compañero sobre el tema.
– Él trabaja con una empresa.
– ¿Y cuánto gana?
Aquila arrebujó el cuello, molesto por tantas pregunta sobre su padre.
– No lo sé, por mi que se muera en dinero, sí es que le parece bien.
Blut sonrió con aprobación.
– ¿No te agrada tu padre?
– No. – Respondió cortante. – Mi hermano dice que no debo hablar así dél, aún así lo digo.
– Tu hermano debe ser un tonto y tú debes tener tus razones. Yo le digo lo mismo a mi hermana.
Aquila notó, por primera vez, que alguien le comprendía.
– Yo tampoco me llevo con mi padre – Continuó Blut – él también es un tonto. – Se encogió de hombros – Pero pienso que mientras me dé dinero y no me moleste, soy feliz.
Aquila sonrió.
– Eso es bastante bueno.
– Si, como sea. – Respondió.
Aquila al notar aquella actitud apática, decidió cambiar de tema.
– ¿Y qué edad tiene tu hermana?
Blut sonrió con maldad.
– Creo que la misma edad que la amante de mi padre.
Aquila lo miró horrorizado.
– Eso es horrible.
– Lo mismo opino. – Afirmó Blut con complicidad.
Ambos caminaron hasta llegar a la casa de Aquila.
Luego deso Blut se despidió y se fue.
Aquila consideró, por primera vez, que tenía a alguien con quien hablar, sin las típicas represalias de decir lo que pensaba.
Cerró la puerta y se sentó a comer, sin saber, en aquel entonces, la vida que llevaría con los años.